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Identidad

El Real del Oro surgió con el descubrimiento del metal amarillo en el límite de las intendencias de México y Valladolid, en las postrimerías del siglo XVIII. Su primera bonanza trajo consigo un desordenado crecimiento, por ello el virrey de Revillagigedo comisionó al ingeniero Mascaró el levantamiento del plano en 1794. Una vez concluido, rindió un informe y propuso una nueva traza; el proyecto, sin embargo, se archivó en 1803. Para Mascaró este estudio fue un trabajo menor; para la cartografía novohispana, el Plano del Real de Minas llamado El Oro es una joya por su singular estética. Analizar su complejidad iconográfica y su contexto es el propósito de este libro, que abarca desde los años de formación de Mascaró en la Academia de Matemáticas de Barcelona, hasta las reales ordenanzas y la política urbana de Carlos III. Recuperar las ideas detrás del plano es el logro de la autora, quien arroja luz sobre la historia de esta colorida utopía.
La investigación tiene como objetivo hacer un análisis crítico de la obra histórica del padre del liberalismo mexicano, José María Luis Mora (Guanajuato, 1794-París, 1850), en dos vertientes: por un lado, el particular punto de vista que tiene sobre la revolución de Independencia de nuestro país, principalmente a partir de su obra México y sus revoluciones, complementada con otros libros y artículos periodísticos; por el otro, el estudio de los principales acontecimientos de la guerra de Independencia a la luz de las consideraciones y reflexiones prácticas que Mora plantea en su obra literaria, con el objetivo de ilustrar a sus contemporáneos sobre las dinámicas de las revoluciones.
Para la realización de este libro los autores emprendieron una búsqueda exhaustiva de documentos históricos en el Archivo General de Notarías del Estado de México, correspondientes al periodo de 1803 a 1937, es decir, desde los últimos años de dependencia al reino de España hasta la publicación de la primera Ley Notarial del Estado de México. Consultaron más de dos mil documentos notariales, los cuales les permitieron tener una concepción de cómo era la vida social del Estado de México y, especialmente, la intervención del notario público en el desarrollo de ésta. La sección notarial que acompaña cada uno de los capítulos del libro se compone del documento original, una pequeña ficha técnica de su localización física en el archivo correspondiente y un resumen del contenido del documento.
Producto del esfuerzo conjunto de un grupo de investigadores y estudiosos de la cultura otomiana, el INAH, El Colegio Mexiquense, A. C., y el Gobierno del Estado de México presentan una edición facsimilar completa del llamado Códice de Jilotepec, pictografía colonial de 22 fojas en papel europeo cuyo texto abarca desde una versión del origen prehispánico del señorío de Jilotepec, hasta los sucesos acontecidos a finales del siglo XVI, relacionados particularmente con el desempeño de los “capitanes otomíes de frontera”. Dentro del limitado número de documentos pictográficos de tradición otomiana compuestos en la época virreinal, este códice ocupa un lugar especial por su estilo gráfico, contenido y contexto de elaboración.
Los autores compilan una serie de trabajos con un denominador común: el tema de la religión de los pueblos indios de México, desde la etapa anterior a la conquista hasta el presente. Con enfoques de distintas disciplinas, como la arqueología, la iconografía, la historia de las religiones y la etnografía, dan noticia de las verdaderas complejidades que presenta el estudio del fenómeno religioso de los pueblos mesoamericanos y sus vecinos. La organización del material ha sido cronológica, inicia con una exploración de la cosmovisión del mundo olmeca de la región del Golfo, continúa con el centro de México y finaliza con el estudio de un importante ritual de los pápagos, habitantes de las zonas áridas de nuestra frontera noroeste.
El autor señala que la historia de las “desmembraciones” del Estado de México es un tema cargado de emociones que implica una triste realidad: la separación jurídica de Querétaro (1821-1824), del Distrito Federal (1824), Guerrero (1841-1849), Hidalgo (1862-1869), Morelos (1862-1869) y Capulalpan (1863-1871) de su territorio original, así como de la erección constitucional del Estado del Valle de México que, desde la Constitución de 1857 y confirmado por la Constitución de 1917, puede volverse realidad. De manera general, entre 1824 y 1871 el Estado de México perdió 86,521 km2 de sus 107,619 originales y una población superior a 930,000 habitantes.
Se analiza la existencia del Valle de México como entidad territorial de 1859 a 1867 y su creación por el presidente conservador Miguel Miramón en 1859, por el presidente liberal Benito Juárez en 1862 y por el emperador Maximiliano en 1865. Se estudia la desaparición del Valle de México el 20 de noviembre de 1867 y la reconstitución como Estado de México; también, las modificaciones que tuvo al volver bajo el concepto de Distrito Federal con su extensión territorial de dos leguas y el partido de Tlalpan, tal como lo había dejado la Constitución de 1857, y su permanencia hasta 1899, cuando Porfirio Díaz amplió ligeramente sus límites por el decreto que fija la circunscripción de las municipalidades del Distrito Federal.
Aborda el desarrollo histórico y cultural del Valle de Toluca en forma diacrónica y las etapas preclásica, teotihuacana, tolteca, chichimeca, tepaneca, mexica y del siglo XVI. De la época tolteca en adelante tiene como eje central las relaciones entre los pobladores del valle, principalmente los matlazincas, con los distintos grupos asentados en la Cuenca de México. Incluye secciones como el calendario matlazinca, la conquista española y la evangelización. Integra documentos arqueológicos de inicios de la década de 1950 como testimonio de la concepción del desarrollo cultural del México antiguo. Se basa en fuentes documentales de corte etnohistórico útiles para estudiar el pasado indígena del Valle de Toluca.
Los autores analizan cómo la escuela se fue haciendo presente en la sociedad poco a poco, a lo largo de los años, en algunas épocas en forma lenta, en otros periodos de manera acelerada, hasta hacerse imprescindible. Este proceso ha resultado complejo y ha sido atravesado por diversas controversias acerca de la finalidad de la escuela, de quién debe ser el agente educador, a quién se debe educar, cómo, para qué. En cada época se forjó un ideal educativo y se enfrentaron numerosos problemas: la pobreza, las disputas políticas, el crecimiento demográfico, la resistencia de las tradiciones o la competencia con otras estrategias locales de sobrevivencia ajenas a la escuela, por nombrar algunas.
Mediante cuatro ejes, la autora analiza la conformación de maestros normalistas rurales a partir de la Revolución Mexicana, entre 1921 y 1945: el papel de las escuelas como opciones de vida para los sectores rurales, el balance entre la autonomía y el control de la vida escolar, la participación de los estudiantes en el gobierno escolar y su organización política e identidad como un nuevo tipo de profesor: el maestro normalista rural. Enfatiza que la consolidación de estas escuelas propició una formación delimitada por su interrelación en varios procesos.

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