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Letras

Edward James (Escocia, 1907) escribe su única novela: El jardinero que vio a Dios, en 1935. Financia la producción de la célebre revista Minotauro y se hace mecenas de pintores surrealistas como Salvador Dalí y René Magritte. En 1944 viaja a México, donde conoce a Plutarco Gastélum, telegrafista y boxeador; juntos van a Xilitla, en San Luis Potosí, donde James compra Las Pozas. Cultiva allí miles de orquídeas durante años, hasta que una helada arrasa con todo; poco después inicia la construcción de un jardín surrealista junto con Plutarco y más de 40 albañiles y artesanos. Levantan 36 esculturas sorprendentes.

Un reto a la capacidad de imaginar la vida como uno supone que pudo haber sido vivida por otro. Para convertirse en interesante, útil y aleccionador, un relato biográfico sólo puede ser —en mayor o menor medida— un ejercicio de ficción narrativa. Algunos biógrafos apuestan por la veracidad antes que por la belleza, y generalmente fracasan, porque la mayoría de los lectores no están dispuestos a aburrirse con la lectura de un currículum vítae, por muy documentado que éste sea.

Su nombre ha sonado en mi conciencia literaria desde una época imprecisa junto con el título asignado a Tenango del Valle o Tenango de Arista, ayer villa, ahora ciudad, población que araña, antes de iniciar el descenso que conducirá primero a la tierra caliente y luego se escalonará hasta llegar al pacífico, al antes extenso Estado de México. Dicho nombre tiene, más que connotaciones climatológicas, resonancias poéticas, Villahelada, población que termina por el sur el dilatado valle de Toluca.

¿Sería posible un mundo sin lectores? ¿Estaremos ante el principio del fin de la palabra escrita como una forma de recrear e interpretar el universo? ¿Es posible seguir apostando por la lectura en una época atiborrada de distractores y omnipresentes e interminables opciones de entretenimiento y evasión? ¿Cómo aferrarse a la trinchera del libro en un mundo que endiosa la utilidad y la inmediatez? Bajo la luz de una estrella muerta es un ensayo con el cual Daniel Salinas Basave defiende a la lectura como un fin en sí mismo y como el más perfecto y sofisticado acto de reinterpretación de la realidad.

A un lado de la alba pantalla que ahora cumple la función otrora asignada a la página en blanco del papel bond o revolución, reúno primero —esperando contar con todos, circunstancia no siempre segura, pues por mis múltiples mudanzas se trata de un material que desaparece y a veces reaparece— los libros de Alejandro Ariceaga Rivero. Digamos que sí están y que son el soporte tangible de una más que respetable trayectoria literaria, respetabilidad que obedece a un hilo conductor: el estilo tan trabajado e imaginativo y diverso del escritor mexiquense, toluqueño, por antonomasia: Alejandro Ariceaga (Toluca, 1946-Barcelona, 2004).

Entras en el vestidor; llevas tres pantalones de mezclilla ajustados. Uno de ellos desteñido y manchado a propósito desde la fábrica. Otro con hoyos y parcheaduras. También has traído cinco camisetas, igualmente ceñidas al cuerpo, de bandas musicales con frases irónicas o en contra del sistema. Procuraste que la mayoría tuvieran capuchas y colores oscuros. Afortunadamente te dejaron meter los tenis de patinador, los Reeboks viejitos y esas botas grandes y carísimas. Lástima que no tenían en tu número los mocasines de cáñamo. Recuerda que necesitas un bigote afrancesado. El morral te queda bien; ya lo sabías. ¿Por qué no te compras una camisa a cuadros, un par de libros y una bicicleta anticuada para dar el gatazo?

Cuando la realidad asfixia, restan los sueños. Una tienda comercial adueñándose de cada resquicio de la ciudad, un pene en el cielo supliendo la ausencia del sol, bebés vietnamitas que caben en una cartera Gucci, niños ensamblables al gusto del cliente, un presidente faraónico, la verdadera historia de cómo casi se recupera el territorio mexicano cedido en el Tratado de Guadalupe Hidalgo, son algunas de las tantas producciones oníricas que integran esta obra. Recuerdos imposibles, quimeras inclasificables y pesadillas inspiradas en la vida cotidiana, ocupan las páginas de Convención onírica, cuya única misión es rescatar el lamento moderno, el canto desesperado, el quejido romántico, el cual no deja aún de resonar en estos callejones oscuros y sin salida que constituyen nuestro Mexicalpan de las Tunas.

Este ensayo conlleva riesgos que no todos los lectores aceptarán de grado. Me corresponde escuchar las objeciones y los reparos a su seriedad, al rigor de su aparato crítico, a sus extravíos, a sus presupuestos. Me restará proponer algunas sugerencias que, en el mejor de los casos, ayudarán a enfocar los aspectos que han suscitado mi curiosidad —algunos de mis asombros— y que motivaron la escritura de un trabajo como éste, con la esperanza de despertar curiosidades y asombros similares a los míos en medida suficiente que haga valer la pena el trabajo de pensar conmigo a lo largo de estas líneas. Alguien calificó este texto como una novela epistemológica y sugirió disfrazar pudorosamente a los presocráticos con un seudó- nimo, a fin de no comprometer afirmaciones de carácter dudoso en terrenos patrullados por los estudios serios sobre la materia. Por razones que creo que se harán manifiestas un poco más adelante, la primera idea me resulta halagadora y, en atención a la segunda, creo que hay que decir claramente desde ahora que éste es un trabajo que transita con cierta libertad entre la literatura y la filosofía, una elucubración sobre tópicos de mi interés, que no guarda pretensiones filológicas o de descubrimiento en los terrenos de la investigación de los estudios griegos.

Del sexo de los filósofos es un compendio de microensayos que busca desplegar un pensamiento ligero y recreativo a través de la exploración de los más variados tópicos y vetas disciplinarias. Combinando la reflexión y la ficción, el libro comienza atisbando tras las bambalinas filosóficas para observar la intimidad del proceso creativo de algunos grandes pensadores; prosigue con un rastreo de los más remotos y fecundos antecedentes del género de la autoayuda; continúa con una descripción y escenificación de algunas patologías librescas o de la sociabilidad literaria y culmina con una galería personal en la que se exhiben los portentos y engendros literarios más caros para el autor.

Abrigada por las altas paredes del milenario Tepozteco, cuya cima lo corona una inaccesible pirámide, se encuentra la casa donde vive Susana Francis Soriano, la poeta y escritora nacida en Ozumba el 4 de noviembre de 1922. Bhagwan Rhi Rashnish (1931-1990), mejor conocido como Osho, la bautizó como Suguita, que significa dulce canción. En su casa me entregó el manuscrito de hojas que ahora conforman el libro que el lector tiene entre las manos. Desde hace algunos años, ella vive retirada en ese pueblo de la alta montaña que tiene algo de asiático y sólo ve a un reducido número de personas amigas con quienes la une el gusto por la conversación y por la práctica de la meditación que se trajo como uno de los rumores del camino que ejerció en India
 

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