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Letras

Hace dos años decidí realizar una investigación sobre el silencio en la literatura. Como suele suceder con las investigaciones, un título y un autor siempre llevan a otro y, de pronto, sin siquiera proponérmelo, ya estaba enredada en una urdimbre de citas, libros y autores. Me topé con un callejón sin salida. La investigación se movió mágicamente hacia la subjetividad, los símbolos que existen alrededor de la literatura y el mundo que le corresponde: escritores, lectores, críticos, editores, obras, diatribas, ética y, por qué no, uno que otro demente. Buscaba lo que algunos escritores habían dicho sobre el silencio en su propio proceso de creación, pero no hallaba nada que me encendiera. Recurrí a bibliotecas de provincia en busca de temas relacionados con la variante específica de que se tratara de textos poco conocidos.

Según he podido investigar, uno de los pioneros de la psicofonía, Konstantin Raudive, sostuvo extensos diálogos con Miguel de Cervantes. He aquí parte del texto que leí en la revista El Ojo Crítico: Las afirmaciones de Jürgenson y Raudive resultan tan hilarantes como difíciles de creer: afirmaban haber obtenido más de 70.000 psicofonías (¡20 psicofonías diarias!) y haber mantenido largos diálogos con las voces psicofónicas de Hitler, Stalin, Churchill... e incluso Cervantes.1 Sin embargo, en Breakthrough, su libro de los muertos, lo único que Raudive formula son tres palabras para contactar con Cervantes, sin lograr que le responda ni con un suspiro. “Vai tu Cervantes?”, le pregunta en letón, frase cuya traducción es la siguiente: “Are you Cervantes?” (en inglés); “¿Está usted, Cervantes?” (en castellano)

En un pequeño libro que antologa expresiones aforísticas de Paul Valéry, leí una frase que parece retratar la vida de Hugo Gutiérrez Vega: “Jadea el árbol bajo la carga de sus frutos…”. Pues en el tumulto de sus setenta y cinco años, ha sido director y actor de teatro, poeta y ensayista, promotor cultural, dirigente y maestro universitario, diplomático y conferenciante, militante, tribuno y periodista. Un torrente de vida o de muchas vidas, vividas en una sola, intensa, comprometida a su manera, valerosa y, a la par, prudente, enemiga de las disputas que ponen en riesgo una bien cultivada elegancia del espíritu. Por doquier ha dejado la huella de su libertad, de su cortesía, de su buena semilla. Es dueño de una presencia poderosa; envidiable y envidiada es la sonoridad de su voz, y amplísimo el caudal de su memoria. Es ese árbol jadeante de Valéry.

—La inmensidad no sirve de nada. Todo el tiempo se la han pasado restregándonos la inmensidad en la cara, cuando ni siquiera entendemos el comportamiento de las partículas más pequeñas.
—¿A qué se refiere, profesor?
—Al mar y a unos hijos de puta en Ginebra, unos verdaderos científicos, unas personas muy honorables.
—¿De dónde?
—Las nacionalidades no importan. Podrían ser suizos. Podrían ser japoneses; siempre hay un japonés involucrado.
—No entiendo, profesor.
—Inventaron un acelerador de partículas para comprobar la existencia del bosón de Higgs. Es la partícula de Dios, que sólo existe en tanto las demás se le acercan. No es visible, pero existe. Existe en cuanto repele a las demás.
—Ah.
—El asunto se relaciona, por alguna razón, meses atrás, con tres amigas memorables, casi unas hermanas, quienes se encontraban en la banca de un parque, frente a un Macdonald's...

SUMMA DE DÍAS reconoce y celebra la trayectoria de autores nacidos o radicados en el Estado de México, a través de antologías personales cuya versión impresa se complementa con el testimonio de la voz viva, de tal modo que los lectores puedan acercarse, además, a los ritmos y registros vocales de cada uno de estos autores representativos de la actual literatura mexiquense.

¡Ah, mundo!, me nombraron Lluvia por ser ésta el mayor regalo de los dioses a la tierra y a sus hijos. Sobre todo por aquellos lugares míos en que el aire sopla melodías calientes y cae poca agua del cielo. Salí cerrera y fuerte, como la ribera del lago de aguas con sabor amargo y brotes de espesura negra. El mismo por donde pasó un gran viajero, cuyas memorias leen los Heredia, y nuestros palafitos lo inspiraron para llamar a la región pequeña Venecia. Cerrera como el café sin endulzar, y fuerte como los esclavos a quienes la existencia no les pertenece.

Y se hinchaba mi vientre. Una almeja por rotundo. Duro y suave al mismo tiempo. No recuerdo cuáles con el primer marido, recuerdo los que vinieron con el segundo, el bienamado. Tanto hijo se volvió una fábula. Dijeron que había terminado por parir cincuenta. Uno tras otro sin marearme ni perderme en ninguno de ellos. Cierta bonhomía me inundaba a causa de la panza con cada gestación. Yo amé al primero y al último, de los otros me olvidaba de a ratos y de a ratos los quería, pero sin furor. El furor me llegaba al pensar que el primogénito pudiera ser presa de las guerras de este mundo o que el más pequeño no consintiera en el amor con que lo acuciaba.

Alejandro Román Bahena obtuvo el premio único de dramaturgia en el Certamen Internacional de Literatura “Sor Juana Inés de la Cruz”, convocado por el Gobierno del Estado de México, a través del Consejo Editorial de la Administración Pública Estatal, en 2015. El jurado estuvo integrado por Verónica Musalem, Antonio Algarra y Gabriela Ynclán.

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