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Letras

Hola. Esto de escribir un diario siempre me pareció cursi así que deberás de tenerme paciencia. Cuando cumplí diez años mi mamá me regaló un cuadernito y me recomendó escribir en él mis pensamientos y mis actividades al final de cada día. Lo intenté un par de veces pero me sentí tonta y nunca seguí. No recuerdo qué fue de aquella libreta boba e infantil. Seguramente acabó almacenada en alguno de mis cajones de porquerías y después de algunos años fue arrojada a la basura como tanta mierda inútil que me obsequiaban mis padres para tratar de compensar su falta de cariño y que después, mi madre, en sus arrebatos de orden, desechaba.
 

Nacen de golpe con la primera mirada o en un de repente, luego de muchos años de acostumbramiento y de trato. Nunca se sabe. Ni con los amores ni con los cuentos sabe uno nunca a qué atenerse. Por eso resulta tan dificultoso y tan sufrimentero esto de ser contador de historias, porque anda uno como tanteando en el vacío, como hurgando evanescencias, como sonsacándole a la vida alguno que otro cachito de sus misterios. Y por eso, también, resulta una de esas pasiones colmadas de juegos y de ansias y sue- ños y placer, una de esas pasiones incanjeables que se nos arrebujan en la sangre y se nos arraciman en los huesos y por más combate que le haga ya no se las arranca uno ni con remedios caseros ni con medicamentos ni con plegarias ni con espátula ni con cincel ni con nada de nada.

Acepto, qué duda cabe, pero también discrepo: ¿todo lo bueno que hay en el corazón, sí, supongamos que en el corazón del hombre, es hijo del dolor, como pensaba Soren Kierkegaard en alguna epístola a Regine Olsen, aquella joven de 16 años, quien finalmente contrajo matrimonio con Fritz Schlegel en 1847? El dolor amoroso también puede convertirse en un estí- mulo para la creación no sólo literaria. Fue lo que sucedió con Kierkegaard. En vez de secarse, los impulsos vitales, como por arte de magia bendita, dieron origen a las escrituras de raigambre estética y filosófica, desde aquel surtidor de luz y sombra constituido por el recto y sinuoso arte de la palabra que es capaz de reflexionar y de alumbrarnos, poéticamente, desde las profundidades donde se origina su transcurso. Algo semejante sucede en las entrañas del mundo poético de Félix Suárez.

Leonor Azcárate es una exploradora constante que lleva su esencia a la escena. Ella sondea (desde la averiguación hasta el instrumento que se introduce en las cavidades para diagnosticar y hacer evacuar a sus criaturas dramáticas), investiga, examina y (re)conoce. Sus obras siempre van a sorprender, y es que cada una de ellas tiene diferente tono. Conoce y domina los géneros: los humanos, animales y dramatúrgicos; pero los desafía, como se comportan muchos de sus personajes que están en conflicto con ellos mismos, con la sociedad, con el autoritarismo y las convenciones. Ha digerido poéticas y preceptivas, lo cual le permite moldear las estructuras y convertirlas en flexibles para lograr sus propósitos.

Ángel María Garibay Kintana (1892-1967) fue uno de los intelectuales más destacados del siglo XX en nuestro país y una figura relevante entre los escritores del Estado de México. Sacerdote, humanista, polígrafo, dominó lo mismo las lenguas clásicas y modernas del Viejo Mundo que las indígenas de Mesoamérica. Traductor del griego, el latín y el hebreo, el náhuatl y el otomí; editor de los frailes cronistas y de los historiógrafos dedicados al estudio del México prehispánico, su obra constituye un legado invaluable digno de ser conocido por las nuevas generaciones.
  El presente volumen recopila poemas de creación propia, traducciones y su discurso de ingreso a la Academia Mexicana de la Lengua como miembro, además de la respuesta que dio al mismo el historiador y filólogo Alberto María Carreño, textos aparecidos por primera vez en la revista Ábside, creada por los hermanos Gabriel y Alfonso Méndez Plancarte.
Isidro Fabela (1882-1964) fue abogado, escritor, periodista, historiador, diplomático y académico. Figura relevante en la historia de nuestro país: fue gobernador sustituto del Estado de México en 1942, ministro plenipotenciario en Argentina, Brasil, Chile, Uruguay, España y Alemania; perteneció a la Academia Mexicana de la Lengua, de la cual fue miembro correspondiente desde 1950, y en 1953 ingresó como miembro de número. Entre sus obras literarias destacan: La tristeza del amo (1915), ¡Pueblecito mío! (1958), Cuentos de París (1960) y  A mi señor don Quijote (1966).
 
La presente edición está integrada por cuentos del libro La tristeza del amo, publicado en 1916 por la imprenta Tipografía Artística, así como por los textos de A mi señor don Quijote, tomados de la edición póstuma de 1966, publicada por la imprenta Fígaro de José Morán. La nota preliminar estuvo a cargo del escritor Óscar González, quien advierte que en “La tristeza del amo” encontró algunos ecos tolstoianos, pues retrata el mundo rural de finales del siglo XIXy principios del XX.

En 2018 se conmemora el centenario de muerte del poeta Joaquín Arcadio Pagaza (nacido en Valle de Bravo, Estado de México, en 1839), razón por la que el ceape publica una nueva Antología poética de su admirable obra, donde el compilador ha seleccionado poemas de sus dos principales libros: Murmurios de la selva (1887) y Algunas trovas últimas (1893), con la seguridad de que en éstos los lectores encontrarán más de un botón de muestra de la poesía del vate Pagaza, quien, a pesar de que fue clérigo, no creó poesía religiosa sino en mínima cantidad, dejándonos excelentes versiones de los clásicos latinos Horacio y Virgilio, a quienes traduce e imita, y un rimero de inspirados poemas dedicados a comunicar, en sentidas descripciones, sus sentimientos ante el admirable paisaje de su tierra natal.

Genaro Robles Barrera, Josué Mirlo (1901-1968), originario de Capulhuac, Estado de México, es uno de los poetas más representativos de la literatura mexiquense. Encabeza, afirma el escritor  José Luis Herrera Arciniega, la lista de poetas que comienzan “la tradición del sistema literario mexiquense” y se ubica en la generación del 27. Su labor poética inicia con la publicación, en 1919, de “A la memoria del extinto poeta Amado Nervo”.
 
Realizó estudios en literatura en 1923, con Erasmo Castellanos Quinto. En 1925 concluyó el bachillerato en ciencias biológicas e ingresó a la Escuela Nacional de Medicina en la ciudad de México, carrera que interrumpió a causa de la muerte de su madre en 1927. De regreso en su pueblo natal, dedicó su vida a la docencia y a dar rienda suelta a su imaginario literario.
 
En vida publicó los poemarios Manicomio de paisajes (1932), Cuarteto emocional (1938), Baratijas. Mercado de versos (1956) y Museo de esperpentos (1964), y los libros en prosa La Caballona. Cuento regional (1956), Rosamar. Breviario de cuentos (1965) y Monigotes. Ensayo en prosa bárbara (1966).
Ningún objeto ha marcado tan profundamente la evolución cultural del hombre como el libro. El libro, este milagro cotidiano y sencillo, encuentra en las palabras de Marco Antonio Campos una reafirmación de su perdurable belleza, de su fecundo poder, de su perenne misterio. La escritura de Campos, su íntimo hablar, sus resonantes confidencias, son a un tiempo halago y elogio, defensa y contagio del placer de leer, y testimonio de una vida lectora, de una vida leída, y de una vida entregada también, e irremediablemente, a la poesía. Dice el autor que “con sólo abrir un libro se entra a una nueva vida”, y es justamente esta doble revelación: asomarse a una vida distinta, o renacer leyendo, lo que hace de El libro y la poesía una carta de amor de Marco Antonio Campos hacia dos de las criaturas más entrañables de su existencia.
Leemos porque nos place, y si alguien es capaz de mostrar, sin coacciones, las puertas de ese placer a quienes lo ignoran, habrá que agradecérselo, pero nadie puede obligarnos a leer ni siquiera bajo el principio “lógico” de que esto será mejor para nosotros. La lectura se contagia con imaginación y buenas maneras, no con apremios ni groseras imposiciones. Por lo demás, el libro, este libro, todo el libro, cualquier libro es solamente un pretexto. Lo importante es lo que suscita el libro en quienes lo leen. En este elogio del libro y en esta alabanza del placer de leer, Juan Domingo Argüelles se propone precisamente un diálogo con los lectores, esos viajeros que van, junto con el autor, en el mismo barco de la lectura.

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