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Sobre el artista Heriberto Juárez, Julio Scherer ha escrito: "sus manos cantan, ríen, juegan, sufren, lloran. Saben de la vida completa y nada desdeñan, pero les gusta apegarse a la claridad de la inteligencia y del arte. Su ritmo es el del corazón, que si late, ellas palpitan acompasadas. Heriberto Juárez, escultor sin reposo posible, en un pequeño dios en la Tierra. Mago y hechicero, da luz a la sombra, color al cobre, movimiento a rudos materiales. Escucharlo es seguir la conversación entre sus manos, los giros inesperados que se desprenden de sus dedos, un vocabulario de cien voces, de signos inacabables".

Elias Trabulse nos presenta un tomo de inigualable exquisitez, sobre nuestro principal paisajista: José María Velasco. Pero ahora no es sólo información biográfica, sino básicamente científica, lo cual lo graba entre los más originales del tema. Es, desde luego, un libro de arte en todos los sentidos, el mismo que, además nos informa sobre la ciencia y la iconografía en el siglo XIX, así como de las técnicas de la ilustración científica en México entre 1769 y 1868. El estudio sobre la flora pintada por el maestro lo encontramos aquí acuciosamente descripto dándonos la oportunidad de –con tal contexto–, acrecentar un nuevo valor a su pintura.

Descendiente de dos familias ilustres de hacendados del Valle de Toluca, el escultor, pintor y orfebre Luis Albarrán y Pliego dejó su huella imperecedera en México y Europa. En Sevilla, España, obtuvo la medalla de oro en la exposición mundial de escultura de 1929, luego de perfeccionar su técnica de fundición en Florencia, Madrid, Barcelona y la misma Sevilla. En este libro, Luz María Albarrán y Favela, nieta del artista e historiadora de arte, rescata y difunde la vida y obra de este tolucense, quien refleja en su expresión artística el contexto de la ciudad cuando ésta aún no era avasallada por el ambiente industrial; sobresale en su temática la fiesta brava, la charrería y las peleas de gallos. Lo más apreciado de su arte es la técnica que desarrolló al representar el movimiento, la fuerza y el realismo impresos en sus piezas tanto de fundición, como de escultura y acuarela.

Rafael Huerta, criado en los mismos horizontes que capturaron el espíritu de José María Velasco, reanudó espontáneamente el camino seguido por el maestro para recuperar el romanticismo y la curiosidad que despiertan en el observador los parajes y prácticas tradicionales del mundo rural. Por experiencia, antes que por maestría académica, en medio siglo ha perfeccionado Huerta su lenguaje expresivo y, dueño ya de una técnica propia y de un estilo definido, hoy puede darse el lujo de pintar como se le antoja. Inquieto y socarrón, Huerta no ha perdido su capacidad juvenil de asombro y sabe compartirla con la destreza del ilusionista que nos devuelve, en agridulce tono de añoranza, la quimera de lo que, si alguna vez lo fue, no lo será ya más por mucho tiempo.

La vida entera de Nishizawa aparece dormida entre sus obras porque su vida ha sido plácida, tranquila, carente de relieves; nada brusco hay en ella. Nishizawa no ha luchado en política como Rivera y Siqueiros, no ha sostenido polémicas como Picasso, no ha vivido en mitad del escándalo como Dalí. Ha vivido inmerso en la pintura y hasta se podría decir que sólo ha vivido para la pintura, antes que de ella. Podría decirse que la pintura misma ha sido su pasión y, por tanto, el eje de su vida.
Con una lúcida mirada, Cecilia Escobar Ceballos nos invita a ver en este libro al México naciente del siglo xix, inmerso en la complejidad inevitable que arrastra toda fundación de un país. Entre guerras y un sublime idealismo, surgiría el ser mismo de la nación con sus particularidades, sus costumbres y sus artes. En este contexto, la autora nos habla de la pintura mexicana del siglo XIX y nos explica por qué refulgen en su historia nombres como los de Pelegrín Clavé, Juan
Cordero y Felipe Santiago Gutiérrez, creadores de identidad y de cultura nacionales, nociones a partir de las cuales se construyó paulatinamente una conciencia de mexicanidad.
En este libro se describe, a través de una minuciosa catalogación de sus obras proyectadas, edificadas, escritas o pintadas, la personalidad de Vicente Mendiola en una forma que es inusual para la arquitectura mexicana, pero que suministra el volumen de datos necesario para iniciar una visión crítica que ya es urgente en nuestra historiografía.
La publicación tiene el cometido principal de mostrar que, a la par de los efectos negativos que genera el fenómeno migratorio, existen también acciones individuales, comunitarias y gubernamentales que han logrado paliar los efectos adversos de la migración y, de hecho, son ejemplo de dignidad e imaginación para convertir la adversidad en oportunidad de progreso. No se trata, por supuesto, de alentar el fenómeno, porque de cualquier modo, migrar es una decisión íntimamente personal. 
  No obstante, también se debe decir que el tema migratorio es uno de los que presenta mayores áreas de oportunidad para generar políticas públicas que hagan de la migración una posibilidad segura, justa y legal y no una peligrosa necesidad.
Jorge Ortega es, antes que nada, un hombre cámara; sus cuasi lienzos son el resultado de una búsqueda y una toma de decisiones que se dan en cuestión de segundos, convirtiéndolo en un cazador de instantes. Nada más difícil que enmarcar en un estilo determinado las imágenes que contienen las páginas de este libro; resisten y huyen de cualquier clasificación: ahí conviven la costumbre y el arraigo con la experimentación y el desafío, la ortodoxia con un guiño surrealista y los paradigmas con la singularidad.
A través de las páginas que aglutinan este volumen, se ha reunido un compendio de importante y reciente información con un sesgo científico, el cual toca aspectos de la historia natural que abrevan básicamente en disciplinas como la geología y biología.
  El complemento ideal lo son las más de 200 fotografías, muchas de ellas de inobjetable espectacularidad, mismas que aparecerán a lo largo de todos los capítulos del libro ilustrándolos con profusión.

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